El proyecto de Toni Solans y David Romero llega con una idea clara: cocina ecléctica, internacional, con un pulso firme entre Asia y Cataluña. Mantis no pretende encajar en etiquetas fáciles, sino construir un lenguaje propio que se entiende mejor desde su barra vista —un pequeño santuario para cuatro comensales donde todo sucede delante de ti. Aunque también cuentan con una sala para poco más de treinta personas. El espacio acompaña la propuesta: moderno, contemporáneo, medido al milímetro. Aquí no hay ruido innecesario. Todo está cuidado.
Pequeño formato, gran recorrido
La carta se articula en raciones pequeñas, pensadas para compartir o incluso disfrutar de forma individual (bocados). Esto permite explorar más, descubrir más, equivocarse menos… o mejor dicho, equivocarse tanto como para querer volver. Porque Mantis es de esos sitios donde conviene dejar algo pendiente deliberadamente.
Entre los clásicos con sello propio destacan dos bocados que resumen muy bien la esencia del lugar. La gilda reinterpretada con pepino encurtido al estilo Sichuan y las bravas Mantis, con base de chilli crab, alioli, gamba cristal frita y un toque de lima.



Técnica y fuego al servicio del sabor
Hay un elemento que define la experiencia: la finalización al minuto. Muchos platos esconden horas de preparación, fondos o guisos previos. Pero el último golpe —wok a fuego vivo, brasa o técnicas de alta temperatura— sucede justo antes de llegar a mesa. El resultado es inmediato: platos complejos, sí, pero también calientes, vivos, expresivos.
La berenjena frita con arroz glutinoso, que ya empieza a consolidarse como clásico de la casa, es un ejemplo clarísimo. Equilibrio perfecto entre dulzor, grasa y umami tan propio de ciertas cocinas chinas. Probablemente una de las mejores versiones de la ciudad. Se comenta que podrían retirarla de carta. Sería un error. Aquí queda la petición: que no la toquen.

Los saquitos de butifarra del perol son otro gran acierto. Un bocado que dialoga entre lo catalán y lo asiático sin forzar la mezcla. Interesantes, sabrosos, con identidad.



Una carta flexible y una bodega que suma
Mantis ofrece tanto menú de mediodía como degustación, donde el precio se ajusta según la proteína principal. Un formato inteligente que permite adaptar la experiencia según los gustos del comensal.
La bodega está bien seleccionada, con criterio. Aquí, más que nunca, dejarse aconsejar por el sumiller es casi una obligación. Y se puede hacer con tranquilidad: acertará.
Postres a la altura
El nivel no cae al final. El flan de palomitas juega con la memoria y la sorpresa, el merengue cítrico aporta ligereza y frescura, y las fresas con mató, demuestran que la temporada del producto sigue siendo un factor imbatible.



Volver como conclusión inevitable
Mantis es un restaurante pensado para disfrutar, pero también para regresar. Porque entre raciones pequeñas, técnica afinada y una cocina que bebe de dos mundos sin caer en clichés, siempre queda algo por probar. En mi caso, quedó pendiente el brioche de costilla ibérica. No pasa nada. Es, en realidad, la mejor excusa para volver.



