Subir a La Dolce Vitae tiene algo de pequeño privilegio barcelonés. El ascensor se abre, la ciudad queda abajo y, de pronto, aparece una mesa perfectamente puesta, con copas preparadas y una brisa de verano que todavía no ha terminado de imponerse, pero ya avisa de que viene con ganas. A un lado, el perfil de la Sagrada Família; al otro, el Mediterráneo insinuándose tras el skyline. Y en medio, la sensación de que Barcelona, vista desde arriba, se convierte en un mapa de cúpulas, chimeneas y curvas imposibles que Gaudí habría disfrutado mirando con calma.
La azotea del Majestic Hotel & Spa Barcelona inaugura temporada con una nueva imagen y una carta renovada que confirma que el hotel no piensa quedarse quieto este verano. Tras la actualización de algunos de sus espacios, los próximos meses traerán también nuevas aperturas, entre ellas un restaurante de influencia nipona que promete dar bastante que hablar. De momento, La Dolce Vitae toma la delantera con una propuesta que se mueve entre el producto local, el recetario mediterráneo y esa forma tan bien entendida de comer en Barcelona cuando el calor aprieta: pedir varias cosas, compartir, alargar la conversación y dejar que la sobremesa se convierta en plan.
El espacio se ha vestido para la ocasión con una estética más luminosa, mediterránea y relajada. Hay tonos claros, vegetación, materiales naturales y una puesta en escena que acompaña las vistas sin intentar robarles protagonismo. La terraza mantiene aquello que la ha convertido en una de las más buscadas de la ciudad: una perspectiva poco habitual sobre el Passeig de Gràcia, la posibilidad de mirar la Sagrada Família sin la multitud alrededor y ese aire de escapada urbana que consigue hacerte olvidar, al menos durante unas horas, que estás en el centro de Barcelona.

La renovación alcanza también la carta de comidas y cenas, liderada por el chef David Romero. La propuesta combina producto de temporada, elaboraciones reconocibles y algunos guiños contemporáneos, con el mar muy presente, aunque sin renunciar a platos más contundentes. Hay espárragos blancos trabajados en distintas cocciones y texturas, tartar de atún rojo Balfegó, un excelente rodaballo con puerros, chuleta de lomo alto de Angus con milhojas de patata frita y el surtido Lo mejor del mar, una bandeja pensada para quienes prefieren recorrer el litoral a cucharadas, pinzas y copas de vino blanco. Y para el final, conviene dejar hueco: la galleta Ferrero es de esas que convierten el postre en una decisión muy poco negociable.
Desayunos con vistas
La gran novedad de esta temporada llega por la mañana. La Dolce Vitae estrena una carta de desayunos pensada para convertir la primera comida del día en algo bastante más ambicioso que un café rápido antes de abrir el portátil. El rooftop propone una alternativa al brunch de cola eterna, torre de pancakes y foto obligatoria. Aquí la escena es otra: sentarse con calma, pedir varios platos, alargar el zumo natural y aceptar que una reunión informal puede esperar unos minutos más.
La carta reúne fruta fresca, bollería recién horneada, bowls saludables, tostadas gourmet, huevos preparados al momento y propuestas dulces para quienes creen que empezar el día bien también merece cierta escenografía. Aquí caben unos huevos revueltos sobre croissant crujiente, con aguacate y salmón ahumado, donde la mantequilla del hojaldre, la cremosidad del huevo y el pescado juegan a favor; también un roll crujiente de mozzarella, jamón ibérico y trufa, de esos que desaparecen antes de que alguien consiga hacerle la foto reglamentaria.

La temporada incorpora además una propuesta cultural vinculada al Año Gaudí. Bajo el nombre Gaudí desde las alturas, el hotel organizará todos los primeros martes de cada mes, hasta final de año, una visita guiada con experto de 11.00 a 12.00 horas. Desde la propia terraza, los participantes podrán acercarse al legado del arquitecto catalán y observar algunos de los grandes iconos de la ciudad desde una perspectiva menos habitual.
La iniciativa tiene bastante sentido desde este lugar. Gaudí deja de ser una postal lejana y recupera escala urbana. La Sagrada Família se observa desde otro ángulo, Casa Batlló queda cerca, casi al alcance de la mirada, y Barcelona aparece como una maqueta viva de tejados, cúpulas, avenidas y fachadas que han visto pasar varias ciudades dentro de la misma ciudad. La Dolce Vitae arranca así una nueva etapa que no se limita a cambiar de carta o de decoración: propone subir, mirar alrededor y quedarse un rato más.






