Barcelona tiene una habilidad bastante curiosa para esconder terrazas en lugares donde uno juraría que ya lo conoce todo. Caminas por Rambla de Catalunya, esquivas compradores con bolsas, turistas buscando la Pedrera y gente que parece llegar siempre tarde a alguna reunión, y cuesta imaginar que, unos metros más arriba, la ciudad se despliega con otra cara. Menos acelerada. Más horizontal. Con tejados, campanarios, el Tibidabo vigilando al fondo y unas mesas para dos que parecen hechas para desaparecer del centro sin tener que salir del centro.
Ese es el caso de Eleven BCN, el rooftop situado en la planta 11 del hotel NH Collection Barcelona Gran Hotel Calderón. No tiene el tipo de acceso que obliga a cruzar media ciudad ni una entrada que haga pensar que vas a terminar en un rincón secreto sobre los tejados. Está ahí, en pleno Eixample, casi escondido a la vista de todos, esperando a que uno se acuerde de que Barcelona también puede mirarse desde arriba sin que el plan tenga que incluir una reserva imposible o un ritual de alta solemnidad.
La gracia está, precisamente, en que funciona para muchas versiones de una misma tarde. Para una cita con ganas de conversación y de mesa tranquila. Para comer algo si estás por el centro, has terminado de hacer recados y ya no sabes dónde sentarte sin caer en el menú automático de siempre. Para una reunión informal que no necesita sala de juntas. Para ese amigo que insiste en que quiere “una copa en un sitio bonito” y luego acaba pidiendo cena. O para cuando el verano se pone intenso y la ciudad necesita un poco de aire.


Una nueva carta en las alturas
Y aquí conviene detenerse en la propuesta gastronómica, porque Eleven BCN ha renovado la carta con bastante inteligencia: la suficiente variedad para que el plan no se quede solo en mirar las vistas, pero sin convertir la experiencia en una gymkhana de platos. Hay propuestas ligeras, opciones más contundentes, guiños mediterráneos, referencias al street food italiano y una coctelería de autor pensada para que la primera copa no sea necesariamente la última. La terraza no necesita construir una identidad imposible, porque su principal argumento ya está ahí arriba, desplegado en 360 grados, pero agradece una carta capaz de acompañar la panorámica con algo más que un aperitivo de compromiso.
La cocina mira hacia Italia sin necesidad de sacar la bandera a pasear. Hay varias Roman Style Pizza y una selección de propuestas inspiradas en el street food transalpino, entre ellas la focaccia de picaña, una de las incorporaciones de la temporada. En la parte más fresca, el ceviche de corvina, el carpaccio de atún y el pulpo entran con buen pie, especialmente para compartir cuando el sol todavía aprieta. El steak tartar aporta ese punto más clásico y carnívoro, mientras que las alitas de pollo cumplen el papel que siempre les toca: llegar a la mesa como un capricho aparentemente secundario y convertirse, sin remedio, en el primer plato que desaparece.



Pero Eleven BCN no se entiende del todo sin su apartado líquido. El rooftop ha renovado su carta de coctelería con nombres que ya invitan a pedir por pura curiosidad. Love Potion, Grinch, Jerez Sunset, Lotus Noir, Smoky Mango o Rosalía Spritz forman una colección con perfiles cítricos, frutales y ahumados, además de ese punto ligeramente teatral que una azotea puede permitirse sin caer en el exceso. Al final, quizá esa sea la verdadera gracia de Eleven BCN: subir por una copa y descubrir que Barcelona, desde once plantas más arriba, tiene maneras muy convincentes de hacerte cambiar de plan.



