Smoked Room no practica storytelling. No lo necesita. Aquí no se vende relato, ni discurso, ni épica impostada. Y, paradójicamente, son humo. O mejor dicho: son fuego. Fuego real, brasa visible, controlada, entendida. En apenas seis meses, el restaurante del Grupo Dani García consiguió dos estrellas Michelin, pero lo verdaderamente llamativo es cómo: sin sobreexplicaciones, ni artificios. Con cocina.
El espacio ya marca el tono. Íntimo, casi clandestino, con un aire de speakeasy contemporáneo. La sala se reduce a lo esencial: seis comensales en barra y dos mesas. No hay distracciones. La cocina abierta es protagonista absoluta y los espejos colocados estratégicamente no buscan reflejar platos sino mostrar las manos de los chefs trabajando. Aquí se viene a mirar, a entender y a disfrutar.
Al frente está Massimiliano Delle Vedove, jefe de cocina, que firma un omakase basado en fuego y brasa, con marisco y pescado como eje central. Una propuesta sólida y real donde todo parece sencillo hasta que uno repara en la técnica que lo sostiene.
El inicio peligroso (y delicioso)
El menú comienza con una advertencia: “Este pase es peligroso”. Frente al comensal, se prepara una mantequilla de trufa negra que acompaña a un brioche caliente. Avisan, pero ya es tarde: es literalmente imposible guardarlo para más adelante. Y no importa.
El brioche, casi hojaldrado, mantequilloso y profundamente vicioso, se sirve con un Riesling presentado en una copa perfumada con trufa. No es un detalle gratuito: es una declaración de intenciones. Aquí todo suma, todo está pensado y nada sobra. Por suerte el servicio de pan que viene después lo merece, pan de masa madre a la brasa. Igualmente memorable.



Maridaje a ciegas: nuestra propuesta favorita
El maridaje en Smoked Room es una experiencia a ciegas. El equipo invita a probar, divertirse y degustar sin referencias, para descubrir después qué hay en la copa. Una propuesta perfecta para quienes buscan sorpresa, pero también para quienes disfrutan —como yo— del discurso que viene después.
Ese discurso lo sostiene Pol Samon, sumiller joven, fresco, con ideas claras y un conocimiento abrumador. Escucha, adapta y eleva. Su maridaje no acompaña: interpreta. Y se ajusta al comensal, a la bodega disponible y a la estación del año. Nada es rígido. Nada es automático. Y eso atrapa.
Mar, brasa y equilibrio
El primer pase frío es una declaración de delicadeza: quisquilla de Motril con mantequilla noisette, pura seda en boca, acompañada de un Borgoña Premier Cru 2021. Preciso, sutil, sin interferencias. El producto manda.
Seguimos con navajas con consomé de caza y caviar chino, un mar y montaña que podría parecer arriesgado, pero que funciona con una elegancia sorprendente. La navaja destaca por su finura; el consomé aporta profundidad sin hacerse pesado. Se acompaña con un D.O Jumilla, La Calera del Escaramujo, un tinto fácil de beber que envuelve sin invadir.



Llega uno de los clásicos reinterpretados de Dani García: el tomate nitro, que aquí se transforma en esturión ahumado con crema de raifort y caviar. La salinidad es exacta, quirúrgica. Se marida con un Rioja blanco Challao, que contrarresta el ácido y el picante del rábano con precisión milimétrica.
Platos que brillan (y se recuerdan)
El chawanmushi de maíz, con vichyssoise de puerro a la brasa, cangrejo real y erizo de mar, es uno de los grandes momentos del menú. Complejo, profundo, pero increíblemente limpio. El producto brilla tanto que merece doble maridaje: Kalamity Rioja Oxer 2024 y un Viña Tondonia clásico, que contrarrestan la textura tipo flan del chawanmushi y el carácter del puerro con la salinidad precisa del erizo.



La caballa aburi con dashi de tomate cítrico refresca el recorrido: la acidez del cítrico aligera un pescado graso en un equilibrio perfecto. A continuación, concha fina a la brasa con beurre blanc de tosazu y wasabi fresco. Aquí, un champagne no es opción, es necesidad.
La espardeña a la brasa con jugo de callos y gochujang es un homenaje al clasicismo sin nostalgia. Solo queda el colágeno, esa parte que tanto gusta del plato tradicional. Está en su punto exacto. La yema rallada aporta textura y el conjunto es pura fantasía. El vino elegido: un fino pasado (La Inglesa), certero y emocionante.



Tierra, mar y memoria
El bogavante llega en el momento justo. Dos elaboraciones. Primero se presenta, luego se come. Bien cocinado, sin maltrato al producto. El maridaje es una locura: si un Borgoña Pommard resulta seductor, un vino tinto japonés sorprende de verdad.
Con un Rioja 2026 (Viña El Pisón) aparece el galete de atún rojo a la brasa, con jugo de rabitos de cerdo y caviar ahumado. Muy Dani García: usar atún, de su tierra, tratado con respeto y profundidad. Y se lo agradecemos.
El último plato caliente es el pato canetón madurado a la brasa, con miso rojo y whiskey. Profundo, elegante, preciso. Antes de pasar al dulce, aparece un opcional (pero más que recomendado) lingote de wagyu: mantequilla pura.

Postres que esperas y no esperabas
Los postres no dejan indiferente. Tres pases. El primero, guisantes lágrima con vainilla. Sorprende encontrarlos aquí, pero su protagonismo está más que justificado. Luego, lías de sake, vainilla y caramelo de soja: refrescante, cero pesado.
Para terminar, un risotto de coco, helado de sésamo negro y crémeux de avellanas. Divertido, inesperado y adictivo. Si no eres fan del sésamo negro, este plato te hará replanteártelo.
Los petit fours llegan en escalera de intensidad: desde una gominola de frambuesa hasta un bombón de chocolate con avellanas. El acompañamiento final, un Sitta dulce Nana, delicado y perfecto.



En Smoked Room se disfruta de la cocina y del producto sin ataduras. Presentan todo como sencillez, cuando detrás hay un dominio de la técnica impecable. El servicio es próximo, natural, sin rigideces. No venden humo. Aunque sean humo. Un restaurante que merece ser visitado sin peros, sin contras.




