Hay brunches que empiezan con una mimosa y terminan en sobremesa eterna. Y luego está el nuevo brunch de Contraban, que directamente parece diseñado para olvidarse del reloj y aceptar que el sábado ya no tiene ninguna intención de ser productivo.
El restaurante del Wittmore Hotel acaba de estrenar una propuesta que entiende bastante bien lo que pasa hoy en Barcelona: la gente ya no quiere desayunar rápido ni comer formal. Quiere quedarse. Pedir otra copa. Compartir platos. Y sentir, aunque sea durante dos horas, que la ciudad va un poco más lenta.
Un brunch para construir a tu manera
Aquí el menú se organiza por bloques y cada uno elige su camino. Primero, bollería artesanal, panes artesanos, café e infusiones. Después, zumos naturales o mimosa, con o sin alcohol. Y a partir de ahí empieza la parte seria: huevos Benedictine en pan brioche, tortilla de patatas, embutidos artesanos catalanes, jamón ibérico, quesos catalanes o una tostada con berenjena, ricotta, tomate confitado y aceite de albahaca.
No es el típico brunch de postal con aguacate obligatorio y café triste. También hay coca con aguacate, yogurt, cebolla roja encurtida y hierbas, sí, pero aquí la cosa va bastante más allá.
Cuando el brunch se pone serio
Contraban entra fuerte con platos que ya son casi comida de domingo: macarrones del cardenal con secreto ibérico, canelón de rustido con trompetas de la muerte y salsa de ceps, hamburguesa de ternera en brioche o zanahorias a la brasa con arroz basmati y salvaje crujiente. También aparece el salmón marinado y soasado con soja y yuzu, para quienes prefieren mantener la fantasía ligera antes de atacar el dulce.

Los postres no están puestos para cumplir expediente. Hay yogur artesano con granola y fruta de temporada, chía en leche de coco con frambuesas, gofre de manzana con chantilly de canela, torrija caramelizada con plátanos asados y yogur, y una cheesecake semi salada con mermelada cruda de frutos rojos y caramelo de cardamomo.
Ese momento en el que alguien dice “pedimos uno para compartir” y, cinco minutos después, el plato parece recién salido del lavavajillas.
El placer de no tener prisa
Todo ocurre dentro del universo ligeramente escondido del Wittmore Hotel. Luces bajas, mesas tranquilas y esa sensación de lugar donde Barcelona baja el volumen. Contraban siempre ha jugado bien esa carta: un restaurante con alma creativa, cocina de Alain Guiard y un punto de refugio urbano para quienes quieren comer bien sin que la ciudad les grite encima.
El brunch se sirve sábados y domingos, de 11h a 15h, por 45 euros por persona. Y tiene toda la pinta de convertirse en uno de esos planes peligrosos en los que entras diciendo “solo un brunch rápido” y sales cuando ya casi toca pensar en la cena.



