Después de años siendo el templo secreto de los fans del sushi de verdad, Fukamura rompe el caparazón y se reinventa: adiós a la taberna japonesa de culto, hola a la barra omakase más íntima del Eixample. Solo siete comensales. Un menú sin carta. Y al frente, el chef Daisuke Fukamura, que despliega aquí su versión más libre, depurada y personal de la alta cocina japonesa. ¿El plan? Un viaje por el Japón más auténtico… con producto catalán y maridaje de sakes premium.
Nada en Fukamura Omakase está dejado al azar. Daisuke se formó en Asakusa (Tokyo), cuna del sushi tradicional, y pasó por Sushi Sei —más de 140 años de legado nipón— antes de aterrizar en Barcelona. Aquí afinó su técnica en casas como Koy Shunka, Espai Kru o Shibui, hasta que abrió su propio local y decidió subir el listón. Este 2025, su refugio discreto en la calle Còrsega muda de piel: nace Fukamura Omakase, alta cocina japonesa en una barra minimalista, solo bajo reserva, solo para quienes buscan algo más que un buen sushi.
Un nuevo espacio zen
Aquí no hay carta. Hay confianza. Porque “Omakase” en japonés significa eso: te sientas, te relajas y dejas que el chef te lleve de la mano por su universo. Niguiris edomae hechos al momento, arroz a la temperatura justa, pescados tratados con mimo casi zen y caldos que parecen meditación líquida. Cada pase es una coreografía precisa y silenciosa. Nada sobra. Todo está donde debe.


Lo interesante está en la mezcla: el Mediterráneo se cuela en cada bocado, con pescados de lonja, verduras de proximidad y el ichiban dashi como base —ese primer caldo japonés que lo cambia todo. El maridaje, por cierto, no es casual: va firmado por el experto en sake Roger Ortuño, que acompaña cada plato con etiquetas premium escogidas con bisturí.
Nada de ruido, nada de prisa. El nuevo Fukamura es un templo zen con estética de bisturí. Siete plazas en barra. Iluminación suave. Madera, acero y cemento en diálogo sobrio. Todo obra del estudio Salvà-Ortín Arquitectes, que ha diseñado el espacio como si fuera un haiku construido. Todo te lleva a mirar al chef. Todo te invita a bajar el ritmo.


¿Y cómo se entra? Fácil: Elige día, prepárate para cerrar el portátil, olvidarte del móvil y entregarte al sushi como si fuera la primera vez. Porque sí, en Barcelona hay muchas barras. Pero ninguna como esta.



