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La copa y el enigma

by Anna Torrents / Monday, 23 February 2026 / Published in eventos, Noticias, Portada, Uncategorized, vino

El 18 Concurso de cata a ciegas, organizado por Vila Viniteca, se ha celebrado este domingo en la Llotja de Barcelona. Pero la experiencia no se reduce a la competición. Antes de que empiece el concurso, la entrada y el segundo piso ya funcionan como un gran salón de cata, con bodegas y distribuidores presentando sus vinos. La gente recorre, prueba, compara, va guardando aromas en la memoria y se permite el placer de descubrir sin presión.

La Llotja, con sus salones que recuerdan a Versailles, se llena de ese paseo lento de copa en mano, donde conviven clásicos y rarezas con la misma curiosidad. Hay risas, abrazos, miradas de complicidad y una sensación nítida de fiesta bien entendida. Se viene a probar un poco de todo, a afinar el olfato, a descubrir joyas. Y, entre tantas mesas que llaman, aparece una que actúa como imán: un Alvear de 1920, servido con esa autoridad tranquila que solo puede tener la bodega más antigua de Andalucía.

Dos fases y catorce vinos

Mientras en la entrada y en el segundo piso el público sigue de mesa en mesa, el concurso sucede en otra sala, con otro silencio y otra temperatura. Allí la mecánica es tan simple como exigente. Catorce vinos a ciegas, divididos en dos fases. Por la mañana, de 10.30 a 12.00, compiten 125 parejas. Por la tarde, a partir de las 16.30, solo quedan diez finalistas. No basta con intuir una idea general. Aquí se trata de acertar país, zona, denominación, variedad, añada, elaborador y marca. Una combinación de oficio, memoria y una intuición afinada que no se aprende en ninguna escuela.

Y entonces llega el instante que ordena todo lo vivido. La revelación. Cuando el notario pronuncia, uno por uno, los nombres de los vinos que habían estado escondidos en la copa, se oyen pequeños gritos de euforia repartidos por la sala. No es solo alegría: es el golpe de realidad de comprobar que una descripción que parecía imposible se estaba acercando, milímetro a milímetro, a la verdad.

Cuando la copa te contradice

En la fase de la mañana se sirvieron vinos como Gramona Imperial 2019, Bimbache John Stone 2024 (El Hierro), Meursault 1er cru Porusot 2022 de Domaine des Comtes Lafon (Borgoña), Sine Qua Non Aperta 2018 (California), Vinya de la Glòria 2020 del celler Joan d’Anguera (DO Montsant), Columella 2023 de The Sadie Family (Sudáfrica) y Château Climens 2010 (Burdeos). Durante la pausa del mediodía, el comentario era casi unánime: había sido difícil.

Y esa dificultad deja huella de dos maneras. Está la euforia de quien se reconoce cerca del acierto, pero también está el otro lado, el que no necesita palabras. Hay parejas que, al tercer vino revelado, ya intuyen que no van a ganar. Se nota en el gesto, en la postura, en una especie de silencio íntimo. Y aparece esa pregunta que se repite por dentro, entre incredulidad y humor involuntario: ¿cómo hemos confundido un Gramona con un champán?

La final y el júbilo

La tarde cambia el ritmo. Con solo diez parejas, todo se vuelve más concentrado. El jurado reaparece para la segunda revelación y llegan los vinos finales: Schloss Gobelsburg Tradition Heritage Cuvée 10 Years (Kamptal), Las Rocas de San Alejandro Garnacha Viñas Viejas 2023 (Calatayud), Château Lafleur 1983 (Burdeos), RL Legras Cuvée Saint Vincent 2012 (Champagne), Pepe Raventós Mas del Serral 2014 (Conca del Riu Anoia), Le Gallais Wiltinger Braune Kupp Spätlese 2019 (Mosel Saar Ruwer) y González Byass Tío Pepe Amontillado Cuatro Palmas Saca 2017 en formato de 0,5 L (Jerez).

Y ahí llega el estallido. Álvaro Ribalta y Thomas Luke Parker, la pareja ganadora, se lleva 35.000 euros tras lograr la mejor puntuación global en las dos fases del concurso. En segunda posición quedan Ramon Jané, del celler Mas Candí, y Toni Carbó, elaboradores de vinos y Corpinnat en el Penedès, con 10.000 euros. El tercer premio, de 5.000, es para los jóvenes Alberto Ruffoni y Patricio Zárate, sommelier y consultor. La celebración tiene algo de liberación. Gritos breves, aplausos, alguna lágrima y una sensación muy clara de relevo generacional que se hace visible.

Al final, la Llotja vuelve a ser lo que ha sido durante todo el día. Un lugar donde el vino se prueba y también se adivina. Donde se pasea entre mesas con curiosidad y, en otra sala, se aprieta la memoria hasta convertirla en respuesta. Cuando todo termina, queda el eco de los nombres revelados y esa alegría fina de haber descubierto, aunque sea por un instante, algo que no sabías que estabas buscando.

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