La cascada de champán, ese ritual de exceso y celebración que se popularizó en los grandes salones del siglo XX, fue la protagonista inesperada anoche en la calle Londres 89. Copas apiladas, burbujas cayendo en efecto dominó y un aire surrealista digno de Carême. Así empezó la inauguración de Casa Fiero, con macarrones que se cuelan ya entre los mejores de Barcelona y un público curioso por descubrir qué nueva historia trae consigo Víctor Ródenas.
Tras el éxito de Maleducat, el chef se une de nuevo a Marc e Ignasi García y Xavier Moragas para dar forma a un proyecto más personal y maduro. La premisa es clara: una cocina de producto que construye el sabor a base de capas, profundidad y matices locales, sin necesidad de artificios importados.
Vuelta a lo clásico
La carta no necesita discursos: macarrones gratinados que son pura pornografía gastronómica, unos fideos a la cazuela con costilla, butifarra y bacalao que devuelven la fe en la cocina local y una tosta crujiente de tartar de atún rojo que demuestra cómo la sencillez bien trabajada puede emocionar.


La bodega, por su parte, combina etiquetas históricas con pequeñas producciones de viticultores inquietos, mientras la barra cumple lo que promete: clásicos bien ejecutados y cócteles ingeniosos tanto en nombre como en forma, como el Don’t Be Chai, con chai especiado, lima fresca, vermut sin alcohol y un toque de jengibre.
El espacio, diseñado por Cristina Carulla Studio, refuerza esa idea de lujo relajado: barra central, cromados, espejos, azulejos y hasta monólogos grabados en el baño que añaden un punto surrealista. Un lugar pensado para que la comodidad y la sorpresa vayan de la mano.
La inauguración confirmó esa filosofía: entre brindis y la música en directo de Arrels de Gràcia se habló de proyectos, de aprender a decir que no y de apostar sin miedo. Porque Casa Fiero no abre solo un local: levanta una mesa larga en pleno Eixample para quienes quieren comer bien, beber mejor y quedarse hasta que se acabe la conversación.




