Incorrecte es uno de esos restaurantes donde conviene mirar con calma. No solo por el rojo que atraviesa el espacio —mesas, sillas, detalles— sino por la manera en que todo parece colocado para ayudarte a centrar la atención. Entras y el ritmo cambia. El ruido baja, la prisa se queda fuera y la mirada se posa donde toca: el plato. No hay distracciones innecesarias. Hay intención.
El rojo, aquí, no es un gesto estético. Es una declaración silenciosa. Un hilo conductor que atraviesa el comedor y prepara el terreno para lo que viene después.
El tono como lenguaje
¿El color favorito de Marcel Pons? El rojo, claro. Y no como anécdota, sino como sistema. En Incorrecte, el rojo subraya el espacio como si alguien hubiera decidido marcar lo importante con rotulador. No adorna, ordena. Te sitúa. Te invita a mirar mejor.
La cocina abierta refuerza esa idea. Todo sucede a la vista, pero sin exhibicionismo. Hay pulso, hay concentración, hay una coreografía precisa que se intuye más de lo que se explica. Y luego está el reservado, abajo. Un cambio de tono. Luz más baja, conversaciones más lentas. Un espacio pensado para confidencias, acuerdos y frases que no necesitan eco.
Una cocina que se piensa mientras avanza
Con ese contexto, la propuesta gastronómica se entiende mejor. Porque en Incorrecte nada parece cerrado del todo. Los platos evolucionan, cambian, se ajustan. Hay pruebas, correcciones, ideas que se afinan servicio a servicio. No es una cocina rígida, pero sí muy controlada.
Pons cocina con una atención constante a todo lo que ocurre. Escucha, observa, conecta puntos. Puede estar en varias cosas a la vez sin perder el hilo. Su cocina no busca sorprender por acumulación, sino por claridad. Aquí la creatividad no se exhibe: se aplica.


Tradición catalana, sin vitrina
La tradición catalana es el punto de partida, no el destino. Aparece el territorio, la estacionalidad, el mar y montaña, los guisos y las salsas de fondo. Pero todo pasa por un filtro contemporáneo, técnico y muy personal. No hay nostalgia, ni necesidad de justificar nada.
Desde el inicio queda claro el tono. El buñuelo de pan con tomate, fuet, aceite y sal, acompañado de vermut con olivas y su espuma, funciona como una declaración de intenciones: reconocimiento inmediato, pero con giro. Lo mismo ocurre con el calabacín con ajoblanco, mostaza en grano, papada ibérica y praliné de almendra, o con el calçot relleno de picada y espinacas con salsa de calamar, platos que dialogan con el recetario popular sin solemnidad.
El pato como punto y aparte
Y entonces llega el pato a la catalana. Un plato que marca un antes y un después en la mesa. Profundo, oscuro, envolvente. Con puré de ciruela, piñones y espinacas, construye un sabor largo, serio, de los que se quedan. No busca aplauso inmediato, pero lo acaba provocando. Es uno de esos platos que explican por sí solos por qué Incorrecte funciona.


El final mantiene el equilibrio entre respeto y ligereza: fresas con vinagre, arroz con leche, y esa manera dulce y afinada de cerrar que firma Gabriela Figueroa, responsable de la partida dulce desde el primer día. Como el resto del equipo —David Farrés y David Farrés en sala, Amin Mohamed en la pica—, lleva dos años en este proyecto, desde que se abrieron puertas. Y se nota. En la solidez del servicio. En la complicidad. En esa sensación de que todo está cuidado sin parecer forzado.
Incorrecte no es un restaurante que grite. Prefiere hablar bajo, pero con claridad. Una cocina que revisa la tradición sin nostalgia, que piensa mientras avanza y que entiende que, a veces, lo más contemporáneo es saber parar y mirar bien lo que tienes delante.



