Cada vez es más difícil sorprender en restauración. El comensal, sobre todo el más foodie, está acostumbrado a comer, viajar y por ello tiene la capacidad y dispone de todas las herramientas para comparar. Aquí es donde entran discursos como: “me ha faltado algo”; “todo bien… pero…”. Y eso que les falta es lo que llamamos: alma, emoción, discurso. Aquello que da sentido a la alta gastronomía y la diferencia de la simple acción de satisfacer la necesidad básica de comer que tiene el ser humano.
EMi prometía ser una de las aperturas del año. La asombrosa trayectoria del chef, Rubén Mosquero, incluyendo su paso por las mejores cocinas del mundo como Noma y Atomix y su unión en sala con el sommelier Miguel Ángel Millán (ex DiverXO); no podían defraudar. Y es que lo han conseguido.
Lejos de ser una propuesta de un menú degustación al uso, bien ejecutado y con un bonito emplatado, EMi tiene discurso, tiene cocina, tiene pasión, tiene alma y, sobre todo, tiene que sienta bien. Cada uno de los platos refleja la personalidad de Rubén. Algas, tofu, kimchi, pez limón; pero también ciervo, anguila ahumada, aceite de Jaén y mantequilla de Soria.
Guisos, tiempo y mucho mimo. Una barra para poco más de una decena de comensales y un espacioso, elegante y acogedor comedor. Una bodega con más de mil referencias de vino y con una fuerte apuesta por las burbujas del Champagne gestionada por uno de los mejores sumilleres del sector. Un servicio atento y encantador. ¿El resultado? Comensales felices.









