La cena a cuatro manos entre Algrano y La Piola, el bistró de Piazza Duomo, convirtió por unas horas la calle Caspe en un pequeño territorio italiano. El local estaba lleno, con mucha gente del sector entre las mesas, y eso (más que cualquier titular) suele ser la señal más clara de que en un sitio se trabaja bien. El ambiente tenía tono de fiesta: sonrisas entre copas, brindis que se alargaban, alguna copa que caía al suelo provocando risas cómplices y conversaciones que ya apuntaban a proyectos futuros. Una alegría serena, muy italiana, que no necesita estridencias.
El menú arrancó con un aperitivo de canapés de bienvenida acompañado por un Langhe DOC Arneis Blangé que abría el paladar con frescura y notas florales. Después llegó el vitello tonnato de La Piola, impecable, con esa elegancia fría que equilibra la suavidad de la carne con la profundidad de la salsa. El chef Dennis Panzeri, siempre sonriente, trajo a Barcelona ingredientes difíciles de encontrar aquí y defendió este clásico como quien comparte un recuerdo familiar. El plato dialogaba con una Barbera d’Alba Piana 2023 vibrante, que aportaba acidez y ligereza al conjunto.
Reyes de la pasta
Las pastas marcaron el corazón de la noche. Por un lado, los straccetti de espinacas con topinambur y trufa negra de invierno de Gabriele Milani, reconfortantes y precisos, acompañados por un Barbaresco DOCG 2022 que desplegaba estructura y perfume. Por otro, los ravioli del plin con salsa de carne de La Piola -ese “pellizco” que da nombre a la pasta-, presentados tras una pequeña demostración de su elaboración que arrancó sonrisas y teléfonos en alto.



En ese gesto mínimo, repetido uno a uno, se concentraba una tradición doméstica que por una noche viajó desde Alba hasta Barcelona. El Barolo DOCG 2021 que los acompañaba se abría lentamente, profundo y envolvente, como si narrara su propia historia en la copa. Y los vinos de Ceretto, procedentes en algunos casos de pequeñas parcelas italianas casi imposibles de encontrar aquí, reforzaron la sensación de estar viviendo algo verdaderamente especial.
Dulces viajeros
El cierre dulce llegó con un strudel de peras con crema de zabaglione a la grappa, un postre que equilibraba calidez, textura y un punto aromático que prolongaba la sobremesa. El Moscato d’Asti aportó la ligereza final, esa sensación amable que invita a seguir conversando, rematada por un turrón que viajó en el avión con los cocineros.
Más que una cena, fue un viaje breve pero nítido a Italia. Un paréntesis que te deja con ganas de poner rumbo a Alba y sentarte en La Piola, y que confirma que Algrano es un lugar a tener muy en cuenta en el mapa gastronómico de la ciudad. Cuando la sala se vació, quedó ese eco agradable de las noches bien vividas: la certeza de haber estado, aunque solo fuera por unas horas, en el sitio adecuado.





