Que no te engañe el nombre ni la ubicación junto al hospital. Aquí no se receta ibuprofeno: se sirve caviar de primera, platos que brillan sin bisturí y vinos que curan cualquier día gris. En pleno Eixample, La Taverna del Clínic lleva años haciendo de lo clásico algo emocionante, sin caer en el déjà vu. A los mandos está el chef Toni Simôes, un tipo que aprendió de los grandes (sí, de Santi Santamaría) y que cocina como quien cuenta una historia que vale la pena escuchar —y comerse.
La carta cambia según la temporada, pero la esencia se mantiene: producto de nivelón, técnica pulida y ese puntito irreverente que hace que un mar y montaña no parezca del siglo pasado. ¿Un ejemplo? Las espardeñas con judías del Ganxet, que suenan a clásico pero saben a otra cosa, o el cochinillo confitado, crujiente por fuera, meloso por dentro, con ese equilibrio que no necesita poesía porque se cuenta solo al primer bocado.
Entrar a un templo culinario
El primer pasillo ya te da la bienvenida: una entrada que mezcla quesos de culto —Airas Moniz, Tou de búfala de Montbrú, La Retorta de Finca Pascualete— con una selección de ginebras, whiskies y un jamón en vitrina que pide pan y devoción. Desde ahí, la cosa solo sube: carpaccio de ceps, espárrago blanco, salmonete, múrgulas con crema de foie y una costilla de vaca gallega asada en sus propios jugos que va directa al podio de los platos de fondo. ¿El final? Una torrija de las que justifican el azúcar.



Y sí, todo empieza con las bravas de La Taverna, que siguen ahí desde el principio como una declaración de intenciones. Pide copa y déjate llevar: Ximénez-Spínola, Fino Eléctrico, Lagar de Proventus, Herència Altés… La bodega también juega en primera.
Si eres de los que desconfían de una carta corta, respira tranquilo: hay menú degustación que fluye como una playlist bien hecha, donde cada plato sube el nivel. El servicio es elegante, sin alardes, y la bodega es otro mundo: más de 900 referencias entre clásicos, rarezas y joyas escondidas. Aquí el sumiller no habla de más, acierta sin preguntar.
El local tiene ese equilibrio poco común entre lo elegante y lo acogedor. Mesas amplias, iluminación que favorece y un ambiente que dice sin rodeos: “aquí se come bien, pero también se celebra”. La sala privada con vistas a la cocina abierta —una de las primeras que se instalaron en la ciudad, ojo— merece vivirse al menos una vez. Ver cómo se mueve el equipo de Simôes desde primera fila suma otra capa al festín.



