En pleno centro de Barcelona, Batea se consolida como una de las propuestas más apetecibles del panorama gastronómico actual. Esta marisquería moderna, recomendada por la Guía Michelin, combina producto, técnica y una visión contemporánea que se aleja de lo previsible sin perder la esencia del mar.
Al frente de la cocina, el chef Manu Núñez imprime carácter y creatividad a una carta que respira frescura y personalidad. Su propuesta se despliega en un espacio de ambiente cosmopolita, donde el rosa pastel domina la escena y los sillones cómodos invitan a quedarse, a reposar y a disfrutar sin prisas. El servicio, rápido y eficaz, acompaña con precisión una experiencia pensada para fluir.
La carta arranca con bocados de unidad —ideales por persona— que marcan el tono desde el primer momento. Las ostras, impecables; las croquetas de carabineros con picaña madurada, directamente al top de las mejores de la ciudad; o la empanada de bonito, que rompe cualquier expectativa. Lejos de la tradicional gallega que uno podría imaginar por el origen del cocinero, aquí se transforma en un delicado panipuri relleno de bonito fresco, sorprendente y sabroso a la par.



Mención aparte merece el servicio de pan, excelente, llega caliente y acompañado de una mantequilla de botarga y limón que eleva el gesto más sencillo.
En los platos principales, pensados para compartir, la cocina alcanza uno de sus puntos más altos. Imprescindibles los guisantes con pasta fresca mal tallada, salsa verde, kaletes fritos, yema de huevo y alcachofas: un plato complejo y armónico que juega con texturas y matices. El ceviche, por su parte, destaca por su frescura y por una original leche de tigre de maíz que aporta profundidad y un giro inesperado.



La coctelería es, sin duda, otro de los grandes atractivos de Batea. Un “must” creado por la bartender Marta Morales, que marida a la perfección con el marisco y el producto fresco. Junto a los clásicos, sobresale una propuesta atrevida y creativa, como el Shake Up! —con Malfy Gin, Italicus, albahaca, limón y clara de huevo—: combinaciones con personalidad, quizá no para todos los gustos, pero que refuerzan la identidad del lugar. Para quienes prefieren lo seguro, la carta de vinos ofrece una cuidada selección con especial atención a las burbujas, siempre un acierto en este contexto.
Los postres cierran la experiencia con elegancia, sin eclipsar el protagonismo de la cocina salada. Destaca especialmente el flan de dulce de leche con helado de plátano, que lejos de resultar pesado o excesivamente dulce, sorprende por su ligereza y su punto justo de dulzor. Ideal para compartir, es ese broche final que deja buen sabor de boca y redondea una comida pensada al detalle.



Batea es una marisquería moderna, pero también una experiencia contemporánea donde el detalle, la sorpresa y el producto dialogan con naturalidad en uno de los escenarios más concurridos de la ciudad. Una visita, vale la pena.



